José Almúdever, memoria de un resistente

El exvoluntario de las Brigadas Internacionales, de 97 años, presenta su biografía en la Universitat de València

Hay diferentes modos de indagar en la Historia. La aproximación académica, basada en el rigor científico, la seriedad metodológica y el escrupuloso buceo en las fuentes. Y por otro lado la historia de la calle, popular, en la que se mezcla realidad y ficción, anécdota y gran relato, memoria y presente. Donde todo se contamina e impregna de subjetividad. La primera se despliega en departamentos y foros universitarios; la segunda, tal vez se acerca más a la Historia como género literario, se enfanga de mito y política, tiene el valor del relato parcial, confuso y fragmentario, puede que mal contado o escrito (o en parte falso), pero en todo caso sentido. La experiencia de José Almudéver Mateu, de 97 años, exmiliciano y uno de los últimos brigadistas internacionales vivos, forma parte del segundo grupo. La Universitat de València ha presentado su libro de memorias “El Pacto de no intervención. Pobre República”, en el que expone su itinerario vital.

Durante la guerra de 1936 más de 35.000 voluntarios internacionalistas, de 53 países, llegaron a España para la defensa de la II República frente al embate fascista. Unos 9.000 perdieron la vida. Los partidos comunistas fueron los que más decididamente se implicaron en la recluta de voluntarios, organizada desde París. En octubre de 1936, en pleno avance de los ejércitos sublevados hacia Madrid, el gobierno republicano aprobó la formación de estas unidades, cuyo cuartel general se emplazó en Albacete. El mando de las brigadas se adjudicó al comunista francés, André Marty. José Almudéver, quien a los 17 años ya se enroló como voluntario en el frente de Teruel, ingresó en 1938 en las brigadas internacionales. “Éramos inferiores en número a las tropas extranjeras facciosas, que sobrepasaban los 80.000 hombres, y por supuesto con un armamento muy superior; pronto comprendimos el antisovietismo y el anticomunismo de los países democráticos capitalistas”, recuerda Almudéver.

El autor de las memorias señala la crueldad del frente. Destinado a la 28 División, incorporado a la Tercera Compañía del Batallón Barbastro (Huesca), evoca cómo, tras ocupar un promontorio, “comenzó a caernos una lluvia de bombas; ese día la artillería fascista nos disparó unos 4.000 obuses; nadie se movió ni huyó bajo del pánico”. A continuación, “los fascistas lanzaron una compañía de moros que avanzando gritaban como fieras con autorización o permisividad de robar y despojar a los muertos”. José Almudéver no esconde la subjetividad apasionada: “Los recibimos a tiro limpio resultando un desastre para los moros; por nuestra parte terminamos sin un sólo herido”. O “nos preguntábamos qué podíamos hacer nosotros, contra tantos cañones, tanques, aviones, ametralladoras y miles de italianos, moros, la legión y los alemanes, con sólo una ametralladora y un fusil ametrallador; una vez más maldecía yo la No Intervención”. Señala asimismo que el gobierno de la República decidió la “expulsión” de las brigadas con la idea de que Franco hiciera esto mismo, con los apoyos voluntarios que recibía del exterior. En noviembre de 1938 se reunió en Valencia a los brigadistas de los frentes del Centro, Levante y Andalucía, un total de 2.000 personas. Era el desfile de despedida en Valencia, para el que formaron primero en La Alameda: “Recibimos el último saludo fascista con un bombardeo”.

Partió al exilio francés (apunta el agradecimiento de Negrín a los internacionalistas, frente a la escasa consideración de los ejecutivos de Francia y Gran Bretaña). Al cruzar la frontera, se producía una “selección” entre los miembros de las Brigadas Internacionales. Algunos -los franceses- eran devueltos a su lugar de origen, a José Almudéver se le ordenó que marchara a Marsella, donde nació el 30 de julio de 1919. De esta ciudad se trasladó a Valencia. Recuerda cómo en los desplazamientos siempre le facilitó las cosas el Libro Militar de Brigadista. Ya en los estertores del conflicto español, el siguiente destino fue Alicante, en cuyo puerto se hacinaron miles de personas que huían de las tropas franquistas rumbo al exilio. En esta ciudad Almudéver vio “como un Guardia de Asalto pistola en mano indicaba a unos jóvenes que quitaran la bandera fascista que habían colocado en un balcón; aquellos -asustados- salieron corriendo con su bandera”. Sólo una parte, pequeña, de los refugiados consiguió abandonar la capital alicantina. Unos 15.000, según algunas fuentes, se quedaron atrapados en el área portuaria sin poder subirse a los barcos. Poco después, las tropas italianas de la “División Littorio” comenzaron con las detenciones.

A muchos se los llevaron al campo de concentración de “Los Almendros”, en el término municipal de Alicante, donde también estuvo José Almudéver. Recién instalados, “nos dieron de comer sólo una galleta por persona, tan dura esta, que para poder engullirla estuvimos masticando con ella media noche”. El primero de abril de 1939, fecha en la que Franco rubricó el último parte final de la Guerra Civil Española (“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo…”), el exbrigadista y miliciano fue uno de los trasladados en ferrocarril (“nos colocaron apretujados en camiones de ganado”) desde la estación de Alicante al campo de internamiento de Albatera (Alicante).

Al llegar, “ante nosotros apareció un desierto con tan sólo dos barracones de madera para alojar a los 7.000 presos”. Finalmente el número de presos republicanos se duplicó o incluso triplicó, pese a que el centro de detención fue construido por los gobiernos de la República con capacidad para 400 personas. José Almudéver destaca en la Universitat de València que en campo de Albatera conoció a Juan Peset Aleixandre, médico, rector de la Universitat de València y diputado del Frente Popular, fusilado en 1941 en el cementerio de Paterna (Valencia). En Albatera, “pronto íbamos a conocer la impiedad y crueldad de la que eran capaces los guardianes fachas”. El autor de las memorias pone el ejemplo de un sargento, que con ánimo lúdico, echaba almendras al suelo y “cuando los presos se agacharan a recogerlas, repartía bastonazos a diestro y siniestro como si fuéramos bestias”.

También relata casos de presos muertos a causa del estreñimiento (“ignorábamos que con tal patología se pudiera sufrir tanto”). Además, la falta de higiene, las ladillas, la sarna y otras epidemias se expandían por el campo de concentración. A un preso que no podía quitarse el anillo, le espetó el cura: “Si es preciso se le corta el dedo, pues no es lógico que un rojo lleve alianza”. La retahíla de anécdotas alumbra la crueldad del campo de concentración. Cuando el sargento y dos soldados le preguntaron a José Almudéver por qué se hallaba en aquel lugar, éste respondió que por ser francés, a lo que los militares apostillaron: “Un cabrón de las Brigadas Internacionales”. El brigadista perdió 25 kilos de peso. “Todos los días se llevaban a alguno sin que volviéramos a saber nada de él”, escribe en su libro de memorias. En muchos casos se sacaba a los presos del calabozo, para ser asesinados. Un día les hicieron levantarse a las cuatro de la madrugada para ver cómo fusilaban a tres compañeros presos, que se habían intentado fugar. Antes de que se descerrajaran los tiros, los condenados dieron los últimos vivas al comunismo, el anarquismo y a la República.

El peregrinaje por los centros de reclusión continuó en el sanatorio de Porta-Coeli, donde nada más entrar -apunta Almudéver- “el cura nos robó lo poco que nos quedaba; después del saqueo, los soldados franquistas nos recibieron con tiros al aire; pero comparado con el campo de Albatera, aquello era jauja”. El 2 de marzo de 1940 se le concedió la libertad. Volvió a Alcàsser (Valencia), donde seis acusaciones de “fascistas del pueblo” provocaron su detención e ingreso en la cárcel Modelo de la capital valenciana. Evoca las “sacas” para los fusilamientos, la primera galería era la de los condenados a muerte. En agosto de 1941 José Almudéver fue juzgado y condenado por un tribunal militar a doce años de prisión menor, por auxilio a la rebelión. También pasó por la cárcel de Aranjuez. En noviembre de 1942 le otorgaron la libertad condicional. La vuelta al pueblo -Alcàsser- resultó tan dura como la de cualquier preso que intenta reintegrarse a la vida civil. Primero recogió naranjas, y de la obra (construcción) le despidieron por la presión de los falangistas locales. Terminó como enlace en la Agrupación Guerrillera de Levante, donde participaba en acciones de cobertura a los sabotajes. Uno de los más importantes, a los que contribuyó, consistió en “volar” un puente ferroviario entre los municipios de Catarroja y Massanassa (Valencia). De manera clandestina atravesó los Pirineos. Rumbo al exilio…

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