La dictadura del programa único

Al menos, digamos, en el concepto, es posible pensar un parlamento compuesto por miembros de un partido único –elegidos, claro, mediante elección democrática– en el que haya una feroz labor deliberativa (con su correspondiente efecto sobre el ejecutivo). Es posible también pensar en “una extraña dictadura” (recordando el título de Viviane Forrester) en la que bajo un formato pluripartidista las poblaciones vivan bajo el yugo de una dictadura de programa único.Dentro de esta última configuración existen electores (también llamados “ciudadanos”); partidos con, en principio, programas autónomos basados en nociones como “principios” y “valores”; existen periódicas ceremonias en las que los electores/ciudadanos eligen a sus representantes. Existen instituciones, como el Congreso, por ejemplo. En este ambiente, un antropólogo mimetizado entre los escaños podría observar con intensa atención los gestos pautados, los ritos, las ceremonias, los ademanes del tipo –un tanto ridículo– abrocharse-desabrocharse el botón de la chaqueta a la hora de tomar la palabra, gesticulaciones en el vacío, habiendo dejado atrás hace tiempo la función que tales formas debían vehicular. Esta antropología del ceremonial parlamentario registraría todas estas pautas, haría una exacta clasificación de ellas. Tal vez, nuestro avezado antropólogo sería capaz de señalar un cultural lag entre esta vida institucional y la función para la que habría de servir, pongamos por caso, regular el metabolismo socioeconómico de un grupo humano nacional o estatal. Si el investigador tuviera alguna idea sobre psicoanálisis, seguramente haría referencia a aquello de que, también a este respecto, la verdadera escena, la verdadera instancia decisoria que frustra nuestras mejores intenciones y propósitos, está siempre en otro lugar. Vaciada la institución de su principal función, buena parte de la actividad quedaría destinada a renovar taumatúrgicamente los mitos de origen de los nativos, los grandes relatos que sostienen y renuevan su universo democrático –aportando cierta capitalización moral– mediante la recitación de términos que, con la degradación de las instituciones y su pérdida de fricción con la realidad, va quedando únicamente en la pura materialidad del significante desvinculado de la exterioridad semántica –valga la redundancia.

Partidos como las CUP o Podemos o IU o Bildu pretenden rescatar, me parece, la fuerza práctica de las instituciones, su poder de intervención, rescatando, en primer lugar, sencillamente, el uso denotativo del lenguaje, su valor para decir algo de algo, de decir, como diría aquel, de aquello que es, que es, y de lo que no es, que no es (aun no pudiendo haber, por supuesto, un lenguaje absolutamente objetivo, libre de sentimientos y valoraciones). Defender coaliciones de “centro-izquierda-derecha amplias”, esa forma normalizada de neutralizar el conflicto, es síntoma de la dictadura del programa único. Mestizaje y transversalismo pluripartidista, votos y no vetos, mejor unidos, remar en la misma dirección; la izquierda y la derecha, el arriba y el abajo, el progreso y el regreso; todas las trayectorias topográficas posibles a la vez, en serio y con ilusión, para el futuro de la mayoría. No solo el decir, también la verdad tiene una gramática. Que los publicistas la ignoren, es de esperar; que lo hagan algunos políticos, es una estafa.

Uno, en su ingenuidad, cree que debería ser posible llevar adelante un programa socialdemócrata mínimamente coherente. A la luz, o más bien a la oscuridad, de los datos económicos dados por T. Piketty (lástima que El capital en el siglo XXI no sea El capital del siglo XXI) respecto a la desigualdad –que entroncan fácilmente, a mi parecer, con pasajes de La gran transformación, de K. Polanyi, respecto a las formas sociales de reaccionar, casi en un sentido químico, ante el caos de la globalización capitalista– podemos barruntar que si esta situación no encuentra vías de solución vamos a decir genéricamente progresistas, serán sin duda ultraderechistas: repliegue nacional, capitalismo de excepción, sintomatología protofascista en lo político y lo cultural, la ley Mordaza, las reacciones histéricas contra la libertad de expresión, una miseria rampante en los barrios más golpeados, la corrosión de las estructuras antropológicas más elementales (apenas resiste el comunismo familiar), señales de anomia a todos los niveles del tejido social, el perfil joseantoniano de Rivera…

Frente a la reivindicación de la autonomía de la política los “enemigos de lo posible” tratan de exorcizar las políticas redistributivas más prudentemente socialdemócratas, amenazando con todas las plagas del Apocalipsis en caso de no seguir sus “recomendaciones” (una sombra de duda nos asalta enseguida, pues hay quienes pueden cumplir, por su mano, sus propias profecías, quienes tienen el poder económico de moldear el futuro). Aunque sigamos soñando con la dictadura del proletariado –tan necesaria sobre la vida económica como la del yo sobre la vida psíquica–, si no se puede siquiera cumplir este programa alternativo –y ya sabemos el papel que la diferencia, la variación y la desviación de la norma tienen en la adaptación de los grupos humanos–, por seguir en este tono bíblico, será –seguirá siendo, pero más– el llanto y el crujir de dientes. Como se lleva diciendo desde hace cientos de años, el momento es ahora.

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