Paradojas de la “nueva Turquía”

Jadaliyya.com

 

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

 


Seguidores del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) manifestándose tras el intento de
golpe de Estado de julio de 2016 (Imagen Wikimedia Commons)

Desde 2014, la “nueva Turquía” se ha convertido en el eslogan popular que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) utiliza para expresar su proyecto político de transformación del país. Sin embargo, Turquía está inmersa en un abismo político desde las elecciones parlamentarias del 7 de junio de 2015, cuando el Partido Democrático del Pueblo (HDP) consiguió el 13% de los votos, convirtiéndose así en el primer partido prokurdo en superar el umbral electoral en la historia de la democracia parlamentaria. Una de las consignas que marcó la campaña del HDP fue: “No vamos a permitir que te conviertas en presidente”, en referencia al muy amenazante plan del AKP de aprobar una serie de enmiendas constitucionales que otorgaran amplios poderes a Recep Tayyip Erdogan como futuro presidente del país. Desde entonces, tanto la violencia simbólica como física se han convertido en algo habitual en el escenario político, facilitando la consolidación de un régimen estatal de partido único, controlado por el gobierno del AKP bajo el liderazgo de facto del presidente Erdogan. El fallido intento de golpe de Estado 15 de julio de 2016 y el referéndum constitucional del 16 de abril de este año -donde ganó el voto del SI (por un 51,4%) por un estrecho margen sobre el voto del NO, con serias preocupaciones respecto al pedigrí democrático del referéndum y toda una una nube de acusaciones de fraude- constituyen importantes puntos de inflexión en la institucionalización de un régimen estatal de partido único. Sin embargo, esta consolidación conlleva implicaciones bastante paradójicas.

A continuación, trataré de arrojar luz sobre esas implicaciones paradójicas centrándome en lo que es nuevo y en lo que no lo es en la Turquía de hoy en día. Sostengo que las paradojas del actual entorno político turco están profundamente marcadas por continuidades incluso en medio de rupturas.

Violencia física y simbólica

Tras el atentado del suicida-bomba de Suruç el 20 de julio de 2015, en el que murieron 33 personas y resultaron heridas 104, y el asesinato de los policías en Sanliurfa (que fue en principio adjudicado al PKK, aunque el grupo negó su responsabilidad en mismo), el alto el fuego entre el ejército turco y el movimiento de la guerrilla llegó a un abrupto final. En la mayor parte de las ciudades y pueblos del sureste y este kurdos se pusieron rápidamente en marcha amplias e intensas políticas de seguridad en lo que se definió como “zonas especiales de seguridad”, en las que directamente se atentaba contra la vida misma al estar destruyendo las ciudades, los hogares y los cuerpos kurdos. Según un informe publicado en marzo por la Unión de Municipalidades del Sudeste de Anatolia, alrededor de 400.000 personas se vieron obligadas a desplazarse como consecuencia de esa violencia, trasladándose a otras ciudades de la región kurda. Un reciente informe de Amnistía Internacional señala que sólo en el sur, en el distrito central histórico de Diyarbakir, 2.024 hogares resultaron dañados o totalmente destruidos.

Durante este tiempo, diversas ciudades de la zona oeste del país fueron también objeto de ataques violentos, reclamando el ISIS la autoría de algunos de ellos, como el letal ataque contra un popular club nocturno en Estambul la víspera de Año Nuevo de este año. Entre el 7 de junio y el 1 de enero de 2017, murieron asesinados un total de 1.512 ciudadanos, y la cifra de víctimas aumenta a 1.793 si en el recuento se incluye a quienes murieron durante el fallido intento de golpe y a los soldados fallecidos durante la reciente intervención militar turca en Siria, denominada por Turquía “Operación Escudo del Éufrates”.

Sin embargo, en la Turquía actual la muerte no se limita a la terminación real de la vida de uno. Es algo más físico. Es también algo simbólico que trata de apoderarse de las mentes. Que trata de silenciar todas las formas de disidencia. Toda la esfera civil está amenazada por una muerte simbólica. De hecho, esta muerte simbólica es de alguna manera continuación de los esfuerzos del Estado turco para estrangular la disidencia y silenciar a la sociedad civil tras los golpes del pasado. Sin embargo, la escala, ámbito y alcance del actual impulso aniquilador es más amplio que en anteriores episodios. Desde el fallido intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016, miles de personas dentro de la academia y la burocracia estatal han perdido sus puestos de trabajo, se les ha revocado su estatuto de funcionarios y se les ha anulado el pasaporte. Según el Índice de Libertad de Prensa Mundial de 2017, Turquía se sitúa en el puesto 155º de un total de 180 países. Además, y desde esa misma fecha, se han cerrado 560 fundaciones, 1.125 asociaciones y 19 sindicatos.

¿Qué elementos son nuevos?

Aunque la violencia estatal ha sido una práctica habitual en Turquía desde que se estableció la República en 1923 (e incluso antes de la fundación de la misma) y el Estado turco no ha sido nunca sustantivamente democrático más allá de la celebración de elecciones relativamente transparentes, este momento histórico es muy diferente por dos razones. La primera se refiere a los cambios habidos en el aparato de seguridad del Estado en los últimos dos años. Entre esos cambios figuran varias iniciativas legislativas aprobadas en el parlamento en 2014 respecto a la reestructuración de la Organización de la Inteligencia Nacional (MIT) bajo el Consejo de Ministros, y la expansión del acceso de la MIT a la información personal y privada; la expansión del poder otorgado a los alcaldes nombrados por el gobierno para el despliegue de medidas de seguridad; y la reorganización de la fuerza policial. Además de estos cambios a nivel nacional en el aparato de seguridad, dos decretos del estado de emergencia emitidos el 29 de abril de este año anunciaron que iban a crearse 7.000 puestos para guardias de barriada (bekçi). No sabemos exactamente aún cuáles van a ser sus responsabilidades, pero podemos adivinar con certeza que estos guardias van a ser la piedra angular de las micropolíticas totalitarias del Estado de partido único de Erdogan.

La segunda novedad en el actual entorno político turco tiene que ver con la purga masiva que viene produciéndose desde el intento fallido de golpe de 2016. En términos de grado, se trata de la purga más amplia habida en Turquía, superando incluso la que siguió al golpe de 1980. Teniendo en cuenta que hay un total de 135.610 personas purgadas –incluyendo miles de miembros del ejército, la policía y el sistema judicial-, no está claro cómo va a poder continuar funcionando el mecanismo estatal, dada la gran escasez de personal con formación y experiencia. Además, los conflictos y tensiones internas dentro del AKP –que van adquiriendo cada vez más peso en los esfuerzos actuales para reestructurar la base del partido tras la reelección de Erdogan como líder real del mismo en un congreso celebrado el 21 de mayo- contribuyen a un futuro ambiguo de las instituciones. Es probable que el constante debilitamiento institucional del Estado tras el fallido intento de golpe acelere la tendencia a utilizar la violencia en un entorno de creciente paranoia y sospecha en las altas esferas del Estado.

¿Qué no es nuevo?

Sin embargo, hay también cosas que no son nuevas en la Turquía actual. La principal fuente de continuidad se basa en un fuerte nacionalismo que sigue ejerciendo un potente papel unificador entre los diversos actores políticos alrededor de sensibilidades políticas profundamente arraigadas y susceptibilidades fuertemente moldeadas por la cuestión kurda en Turquía. La guerra en Siria, especialmente tras la revolución de Rojava, ha catalizado aún más esas sensibilidades y susceptibilidades preexistentes en Turquía. Como tal, han posibilitado la consolidación de un frente político contra los parlamentarios kurdos y la cuestión kurda de manera más general, adquiriendo un fuerte carácter regional e internacional con la implicación de EEUU y Rusia.

Un ejemplo muy revelador de todo esto es la posición unificada del Partido Republicano del Pueblo (CHP), el principal partido de la oposición, y del Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) durante las votaciones parlamentarias de mayo de 2016, a fin de eliminar la inmunidad política de los parlamentarios kurdos. Los colíderes del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), Selahattin Demirtas y Figen Yüsekdag, fueron detenidos por primera vez el 4 de noviembre de 2016 y desde entonces permanecen en la cárcel como consecuencia de su pérdida de inmunidad. A partir de abril de 2017, 14 de los 59 miembros parlamentarios del HDP se hallan en prisión.

La exclusión de los dirigentes del HDP de la asistencia a lo que se llamó “vigilia democrática”, organizada por el AKP en Estambul en agosto de 2016 contra el fallido golpe de Estado, es otro ejemplo en tal sentido. Los líderes del CHP y del MHP, Kemal Kiliçdaroglu y Devlet Bahçeli, respectivamente, fueron ambos invitados por el AKP para que mostraran su solidaridad asistiendo a la vigilia. No cabe duda de que merece la pena que los ciudadanos normales y corrientes celebren la resistencia contra un golpe de Estado como manifestación de voluntad democrática. Además, el espectáculo de solidaridad desarrollado en la vigilia por el AKP, el CHP y el MHP puede quizá interpretarse como un esfuerzo táctico para sortear las secuelas del fallido golpe de Estado.

Sin embargo, lo que subyace en el esfuerzo táctico de reunir a esos actores políticos, a pesar de las diferencias en sus orientaciones políticas, es su aspiración a reclamar la propiedad sobre el establishment del Estado. El silencio de los dirigentes del CHP y del MHP frente a la exclusión del HDP de la vigilia es el indicador más obvio, aunque esperado, de tal aspiración. Sin embargo, lo que resulta más sorprendente es su silencio, igualmente inquietante, sobre la disolución de la alianza, en otro tiempo firme, entre el AKP y Fethullah Gülen, a quien el gobierno responsabiliza de estar detrás del intento de golpe de julio de 2016.

Sin embargo, la lucha de los dirigentes del CHP y del MHP para poder participar en la propiedad del establishment estatal se basa en razones frágiles, teniendo en cuenta las tensiones internas dentro de las bases de ambos partidos. La división dentro del MHP se hizo visible durante la campaña del referéndum cuando un grupo dirigido por Meral Aksener decidió volver a la campaña por el NO, mientras que el liderazgo del partido hacía campaña por el SI. La consecuencia fue que Aksener fue expulsada del partido por desafiar a los dirigentes. Por otra parte, las tensiones dentro del CHP se hicieron más patentes a raíz del referéndum. La pasividad del dirigente del CHP Kiliçdaroglu respecto al fraude en el referéndum provocó que algunos parlamentarios dimitieran de sus puestos en protesta a primeros de mayo. Más o menos en las mismas fechas, el liderazgo del partido envió a uno de sus parlamentarios a su junta disciplinaria para que le expulsaran de forma permanente debido a una entrevista que concedió al diario Aksam, en la que criticaba abiertamente al líder del partido por sus déficits democráticos.

Conclusión

Las paradojas del entorno político actual de Turquía están profundamente marcadas por continuidades aún en medio de rupturas. La institucionalización de un régimen de partido estatal único se ha visto irónicamente facilitada por los líderes del CHP y del MHP, a la vez que el nacionalismo y un fuerte compromiso con el establishment estatal sirven para unificar a esos actores por encima de sus diferencias. Sin embargo, el abismo político en el que está actualmente inmersa la “nueva Turquía” responde a diversas razones. La primera y principal radica en que, por una parte, se ha vaciado a las instituciones estatales de conocimientos y fuerza laboral y, por otra, en el clima creciente de paranoia y sospecha, especialmente en los niveles superiores del Estado, que hacen el país se hunda en el caos hasta las previstas elecciones presidenciales de 2019. En segundo lugar, las divisiones internas dentro del AKP, del CHP y del MHP tensan la política, acelerando así los procesos de toma de decisión ya existentes que van de arriba abajo dentro de los partidos políticos. Por último, pero no menos importante, el silenciamiento del HDP contribuye más aún a desestabilizar el país en medio de una oposición totalmente inadecuada del CHP y del MHP.

Estamos inmersos en un momento kafkiano. El tiempo fluye velozmente sin darle a nadie el espacio mental y la energía para poder reflexionar y comprender. Quizá hayamos perdido demasiadas oportunidades de reflexionar y comprender en el pasado antes de llegar a este momento. Quizá sea esta una forma de justicia divina por todas las injusticias presentes y pasadas cometidas por la República contra todos los cuerpos y mentes indeseados. ¿Quién sabe? La historia de la República de Turquía sigue siendo la de una violencia constante y sistemática.

Sinem Adar es socióloga y forma parte del Grupo de Investigación sobre Diversidad Religiosa, Política Constitucional y Derechos Humanos del Lichtenberg-Kolleg, en la Universidad de Gottingen. Sus investigaciones se centran en los temas de nacionalismo y construcción de la nación; pertenencia, ciudadanía e identidad; y religión en Turquía y Egipto.

Fuente: http://www.jadaliyya.com/pages/index/26602/paradoxes-of-%E2%80%98new-turkey%E2%80%99

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=227243

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