galería Cincuenta años de la Nakba

Israel y la ingeniería del terror

 

Carlos de Urabá

Rebelión

 

 

Tras la guerra de los seis días en 1967 Israel ocupó por completo Cisjordania -ad-Daffah I-Garbiyyah (Judea y Samaria para los hebreos) concluyendo así el criminal proceso de iniciado en la Nakba. A partir de entonces el río Jordán se convirtió en el foso de un gran castillo medieval llamado Eretz Israel. El rio marca una frontera (o zona de amortiguación) que se encuentra completamente militarizada y protegida con muros, verjas, campos minados, rejas eléctricas y alambradas. Según los planificadores y estrategas este es un sistema defensivo indestructible ante cualquier agresión exterior. El reino de Jordania, según lo estipulado en los tratados de paz, debe también velar por la seguridad y la tranquilidad de Israel. Desde tiempos bíblicos, por estos territorios transitaban las caravanas de comerciantes y viajeros a lomos de camellos y caballos recorriendo las rutas milenarias de Tierra Santa -origen de las tres religiones monoteístas. Hoy de vez en cuando se observa alguna familia beduina que se desplaza con sus camellos, caballos, burros y rebaños de cabras y ovejas por un espacio vital que se ha visto reducido a la más mínima expresión. Lo cierto es que los pueblos nómadas se extinguen a causa de los conflictos bélicos y al impacto de la modernidad que los obliga a sedentarizarse en las grandes urbes. Solo nos queda el consuelo de los relatos literarios o de las tradiciones orales en los que se narran la memoria de una época mítica que jamás volverá.

En estas tierras yermas y de extrema aridez, el rio Jordán cumple el mismo papel que el Nilo, el Éufrates o el Tigris, es decir, es un rio sagrado que engendra la vida. El agua dulce es un elemento fundamental para entender la supervivencia en estas latitudes tan extremas y de alta salinidad. Tengamos en cuenta que la temperatura en el verano puede alcanzar hasta los 50 grados. Lamentablemente el río Jordán en medio siglo ha perdido más del 60% de su caudal ya que sus aguas son utilizadas tanto por Jordania como Israel en el regadío de las explotaciones agrícolas y para satisfacer el consumo doméstico de las poblaciones ribereñas. El Jordán sufre un alto grado de contaminación a causa del uso indiscriminado de agroquímicos. El río Jordán cuando desemboca en el Mar Muerto apenas descarga un hilillo de agua que representa tan solo el 2% del flujo original. El equilibrio natural de este asombroso ecosistema se encuentra en peligro y si no se toman las respectivas medidas correctivas pude secarse antes de terminar este siglo.

El Mar Muerto soporta una brutal sobreexplotación por parte de las industrias jordanas e israelíes que extraen minerales como el potasio, magnesio, bromo, calcio o la sal para exportarla a diversos países del mundo. Además el impacto del turismo de masas es un hecho devastador que no hace más que acelerar su agonía. Israel por motivos de seguridad ha prohibido la navegación en sus aguas con excepción de los barcos de su armada, los de investigación científica y también el yate del rey Abdalah II de Jordania. A partir de la caída de la noche nadie puede permanecer en las playas de la orilla jordana con excepción de la zona de hoteles de lujo perfectamente delimitada.

Uno de los motivos del estallido de la guerra de los Seis Días fue el control de las fuentes hídricas. El Tzahal judío tras cruentos combates con el ejército sirio, capturó en 1967 los altos del Golán y el nacimiento del rio Jordán -situado en las montañas del Antilíbano, monte Hermón. Los judíos sabían de antemano que sin el agua no podían aspirar a un desarrollo agrícola, industrial y tecnológico de primer orden. Su futuro como potencia predominante en Oriente Medio quedaría en entredicho. “El gran acueducto nacional de Israel”, “HaMovil Ha’Artzi” (una descomunal obra de ingeniería), permite trasvasar las aguas del lago Tiberíades hasta el sur del país y así fertilizar el desierto del Néguev. Además de abastecer de agua a Tel Aviv y a las poblaciones aledañas ya que los acuíferos son deficitarios. En Oriente Medio el agua tiene más valor que el petróleo. Con la firma de los tratados de paz en 1994 entre Israel y Jordania, el gobierno de Tel Aviv -para demostrar su benevolencia con su vecino y cómplice- autorizó la transferencia de 50.000.000 de metros cúbicos de agua anuales a Jordania para poner en marcha sus planes agrícolas en el valle del Jordán.

Para entrar en la Palestina ocupada es necesario cumplir una serie de requisitos “legales” que imponen los aduaneros o “carceleros” hebreos. Tras los acuerdos de Oslo de 1995 se habilitó el paso del puente Allemby para entrada y salida de palestinos hacia Jordania (para viajar al exterior los palestinos no pueden utilizar el aeropuerto Ben Gurion en Tel Aviv sino que lo tienen que hacer a través del Queen Alia en Amman). Por lo tanto Israel se reserva el derecho de admisión a todo aquel que pretenda ingresar en la “tierra prometida”. Abstenerse ciudadanos de países árabes al ser considerados indeseables y hostiles. Solamente se permite el paso de ciertos países musulmanes “amigos” (Indonesia, Malasia, la India) o de árabes con pasaportes extranjeros (EE.UU, UE, Canadá, Australia, etc.) en su peregrinaje a la mezquita de al-Aqsa en Jerusalén. Israel, por razones de seguridad, jamás va a permitir que Palestina controle un puesto fronterizo. De la aduana jordana hasta la terminal israelí del puente Allemby (que debería estar compartida con palestinos pero que fue cancelada a raíz de la II Intifada) hay 3 kilómetros de distancia. Está completamente prohibido caminar en el área de la franja de seguridad y por lo tanto todo el mundo debe tomar los autobuses expresamente fletados por Israel y Jordania para este efecto. Del lado jordano la concesión la detenta la compañía jordana Jett propiedad de la familia real. Por este corto recorrido cobra 10 JD, más 3 JD por el equipaje. Menos mal que los palestinos tienen tarifas especiales de tipo “humanitario”.

En el año 1946 el puente Allemby fue destruido en un atentado de la Palmaj durante “la noche de los puentes” o la operación Markolet con el objetivo de sabotear las vías de comunicación del mandato británico en Palestina. De esta forma las bandas terroristas hebreas pretendían demostrar que estaban preparadas para proclamar la independencia (Haatzmaut) del nuevo estado judío. Algo que se hizo realidad en 1948 cuando las tropas del imperio inglés se retiraron de Palestina dando inicio a la guerra árabe-israelí. Un enfrentamiento que terminó con la completa derrota de la coalición árabe y el desplazamiento de más de 800.000 palestinos en el trágico episodio de la Nakba. En 1949, con la firma del armisticio entre Jordania y el nuevo estado de Israel, el reino Hachemita asumió el control de Cisjordania. Una ocupación que se prolongó hasta 1967 cuando en la guerra de los Seis Días o la Naksa los ejércitos árabes fueron derrotados otra vez por los israelíes. De este modo se selló la suerte del pueblo palestino con la total ocupación militar israelí de Cisjordania. (el sionismo la llama “reunificación”). Una ocupación que aparte de sembrar la destrucción y la muerte condenó a millones de sus pobladores a la diáspora o el exilio (repartidos por medio mundo o refugiados en Jordania, el Líbano y en Siria).

En la caótica retirada de los soldados de la Legión Árabe tuvieron que volar el puente Allemby para cortar el avance del ejército israelí. En Jerusalén la 27 brigada de infantería de la Legión Árabe al mando de Ata Ali plantaron cara al ejército hebreo (Tzahal) del general Mota Gur. Mientras en otras ciudades de Cisjordania los soldados de la coalición árabe (Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak) apenas prestaron resistencia. Ante una derrota tan demoledora, 250.000 palestinos se vieron obligados a escapar en dirección a Jordania. La caída de la ciudad santa de Jerusalén quedará como una de las más grandes tragedias jamás conocidas en la historia del islam. La consigna que más repiten los sionistas en estas fechas en que se conmemora los 50 años de la Naksa es: ¡Jamás podrán destruir a Israel. Somos invencibles!

En la aduana del puente Allemby (que se llama así en honor al general inglés Allemby que expulsó al imperio turco de Palestina) o King Hussein (para los jordanos) ondean altivas las banderas hebreas (degel Israel) como una señal inequívoca de su indiscutible soberanía. Algo que viola completamente todas las resoluciones de las Naciones Unidas al respecto. En la entrada del complejo varios pistoleros de civil con pantalones vaqueros, camisetas de manga corta y gafas Ray Ban polarizadas montan la guardia. Con los fusiles Galil en posición de disparo vigilan cuidadosamente el desembarque de los viajeros. Ante el más mínimo movimiento sospechoso son capaces de apretar el gatillo tal y como se demostró con la muerte en el 2014 del juez palestino Raed Zaiter que fue acribillado a sangre fría en un oscuro “incidente”. Israel ha extremado las medidas de seguridad para prevenir posibles atentados o infiltraciones ante la convulsa situación de orden público que reina en Cisjordania. Por eso siempre hay alguien observándote desde el lugar más inesperado -aparte de las incontables cámaras de seguridad colocadas estratégicamente para controlar todos nuestros movimientos. A fines de la década de los sesentas en esta zona eran muy comunes los ataques de comandos suicidas fedayines contra los asentamientos y kibutz de los invasores sionistas.

Los perros sabuesos olfatean cada bolso, cada maleta, cada paquete antes de ingresar en las cintas transportadoras para ser revisados minuciosamente por los equipos de escaneado o de rayos X. En la actualidad la terminal se ha remodelado para dotarla de mejores servicios ya que anteriormente los palestinos en sus largas colas de espera tenían que soportar altas temperaturas (estamos en el Mar Muerto que se encuentra a 430 metros bajo el nivel del mar). ¿Si en las granjas judías las vacas tienen aire acondicionado por qué los palestinos van a ser menos? Israel demuestra así su inexcusable compromiso con los derechos humanos. Debemos aclarar que en la terminal de Allemby hay dos puertas de entrada; una exclusiva para palestinos y otra para turistas. Los palestinos no residentes en Jerusalén o que no cuenten con permiso de residencia deben ser remitidos obligatoriamente a la aduana Palestina de Arija-Jericó que es donde se encuentra la terminal de trasportes. Allí los pasajeros embarcan a los diferentes destinos de Cisjordania cuyo recorrido se limita a vías secundarias y terciarias. Israel, en un gesto de buena voluntad hacia aquellos palestinos residentes en Jericó que demuestren un compartimiento ejemplar, les concede un puesto de trabajo en la terminal aduanera. Ellos se encargan de tareas tales como estibadores, limpieza de las instalaciones y de “guías” de sus hermanos palestinos. En una situación de paro y precariedad laboral que se vive en los territorios ocupados para muchas familias esta es una bendición del cielo.

Los aduaneros deben comprobar rigurosamente la identidad de los viajeros, sobre todo, de los palestinos extranjeros e intrusos para los Israelíes. Los no musulmanes o turistas con pasaporte europeo o americano o de otras nacionalidades del primer mundo tienen un trato preferencial y los despachan con mayor premura. Los estrictos controles de seguridad y los interrogatorios aleatorios son imprescindibles para detectar cualquier persona non grata. En este aspecto hay muchos turistas occidentales que vienen a solidarizarse con la causa palestina y de ahí que las autoridades israelíes le exijan a los sospechosos que enseñen sus agendas, abran sus correos electrónicos, páginas de Facebook o mensajes de Twitter (para comprobar cuáles son sus tendencias políticas). Quien se niegue reclamando la vulneración de los derechos humanos puede ser devuelto a territorio jordano. El movimiento antisionista cuenta con muchos simpatizantes en occidente y es necesario detectarlos in situ para prevenir cualquier “desagradable incidente”. El proceso de sellado de pasaportes puede alargarse por varias horas hasta que se compruebe que los sujetos son aptos para pisar Tierra Santa.

En la ventanilla todos los pasajeros están obligados a contestar el interrogatorio de turno. Se trata de que los sospechosos caigan en contradicciones que los delaten. ¿A dónde va? ¿Por qué visita Israel? ¿Tiene amigos palestinos? ¿Cuenta con reserva de hotel y pasaje de salida de Israel? ¿Ha visitado países árabes? ¿Lleva correspondencia o regalos para alguien? La identidad de cada pasajero debe ser verificada minuciosamente en los computadores conectados con el Mossad, el Shin Bet, Interpol, Europol o la CIA. Cualquier nombre o apellido de origen árabe puede suponer una mancha imperdonable. A los turistas se les advierte de la prohibición de visitar los territorios ocupados donde se les intenta convencer que es un destino muy peligroso (hay terroristas) y donde no existe ningún atractivo turístico relevante. Anteriormente se preguntaba si querían que se le estampara el sello de entrada a Israel en el pasaporte a lo que muchos se negaban aduciendo que lo invalidaba para viajar a países árabes. Esta negativa podría ser tomada por el aduanero como una afrenta o desconsideración hacia Israel lo que ocasionaría un castigo adicional en horas de espera hasta definir su situación. A partir del año 2014 el gobierno israelí entrega un visado en forma de tarjeta que no deja huella en el pasaporte para complacer a los turistas en un gesto de cortesía y amistad. Tras la finalización de los trámites aduaneros los viajeros están autorizados para reclamar los equipajes que se arruman en una sala habilitada para dicho efecto. Allí los porteadores palestinos les entregarán sus pertenencias con la etiqueta de “checked baggage”. Si hubiera alguna bomba o un artefacto explosivo quienes sufren las consecuencias serán los propios palestinos.

Aprovechándose la tragedia del pueblo palestino se ha montado un lucrativo negocio con el papeleo, el sellado de pasaportes, los visados, los impuestos, los pasajes del autobús, el pago por cada maleta o paquete y el cambio de moneda a la baja. Una manera también de desmoralizarlos como parte de la guerra psicológica. Se supone que los acuerdos de paz de Oslo iban a brindarle una mayor autonomía al pueblo palestino, un mayor bienestar y al mismo tiempo una salida al exterior que le permitiera en el futuro convertirse en un estado soberano. Es indignante que Jordania, Israel y la Autoridad Nacional Palestina se repartan equitativamente las ganancias de este vil latrocinio.

Muchos palestinos exiliados en Jordania- poseedores de un pasaporte jordano- si quieren visitar su patria deben primero pedir una visa en la embajada de Israel en Amman. De antemano se les considera como turistas. ¿Turistas palestinos en Palestina? Sí, a todos los efectos y con un máximo de estancia de 60 días. Aunque los aduaneros tienen la potestad de autorizar menos días según su capricho. En Cisjordania se vive bajo el yugo de un régimen de ocupación militar que cuanta con unas leyes especiales que deben acatar a rajatabla los residentes palestinos (turistas o intrusos para los judíos).

Se cumplen 50 años de la Naksa que ha condenado a los habitantes de Cisjordania a un permanente estado de sitio, 50 años soportando checkpoints, garitas, verjas electrificadas, 50 años de cacheos y controles indiscriminados por parte del ejército de ocupación, 50 años confinados en un campo de concentración rodeado por el muro del apartheid. Cada día que pasa aumentan más los obstáculos, las barreras, los campos minados, checkpoints, los cuarteles, y prisiones. Israel por medio de su ingeniería del terror debe brindarle la máxima protección al pueblo elegido por Adonai.

Esta es una guerra interminable que empezó hace casi 70 años en la Nakba y que se alarga indefinidamente. El tiempo es implacable y en los cementerios quedan sepultadas todas las ilusiones de aquellos que creyeron que un día podrían regresar a su patria.

En la terminal reservada los palestinos (¿apartheid aduanero?) el ambiente no puede ser más deprimente: colas larguísimas, el tedio y el sofoco que deben soportar desde madres gestantes, bebés, niños y viejos y hasta enfermos. Los capataces palestinos cumpliendo las órdenes de sus amos judíos les gritan en árabe en voz alta ¡más rápido! ¡No se detengan! Saquen sus pasaportes, descúbranse la cabeza, descálcense, quítense los anillos, las joyas, pasen por el arco de detección de metales, dejen todas sus pertenencias en la cinta del scanner. Escenas denigrantes como si tratara de arrear ganado hacia al establo (aduana). Los palestinos guardan fila disciplinados pues cualquier reclamo puede significarles un veto o una negativa a su ingreso a su patria. Victimas del vil chantaje agachan la cabeza y callan. Las paredes de la aduana israelí la adornan fotos alusivas a la firma de la paz entre Jordania e Israel en 1994 en Wadi Araba. Por allí se ve al rey Hussein de Jordania que sonriente le enciende un cigarrillo al primer ministro Isaac Rabin en un noble gesto de camaradería y complicidad más propio de capos mafiosos.

Por fin cuando ya se tiene el pasaporte en mano y todas las maletas identificadas por un agente israelí se pude abandonar el “campo de concentración” o aduana. Ahora es el momento de dirigirse a los andenes donde están parqueados los taxis, los buses y microbuses con destino a Jericó o a Jerusalén. Tras abordar uno de estos vehículos todavía es necesario pasar un nuevo checkpoints de seguridad para comprobar que los pasaportes de los viajeros estén en regla. Los “turistas” palestinos guardan silencio, no se escucha ninguna palabra, ni comentarios. Y es que en realidad no hay ningún motivo para exteriorizar emociones o sentimientos de alegría. ¿Tal vez temen que alguien los escuche por medio de micrófonos ocultos? El delirio de persecución es algo que los sobrecoge y aflige. Por fin se llega hasta la ruta 90 donde se observan los paneles de orientación bilingües en el que predomina en letras mayúsculas el Yerushaláim en lengua hebrea (y en más pequeño en árabe al-Quds). Siguiendo la dirección que marca la flecha encontramos un gran letrero que pone “Welcome” to Israel. Tras unos cuantos kilómetros hay que desviarse para tomar la ruta 1 con dirección a Jerusalén. Esta carretera es de uso exclusivo para judíos y palestinos con permiso de residencia en Jerusalén. Unos 7 kilómetros antes de entrar en la ciudad santa estamos obligados a pasar el checkpoint de Az Za Ayyem donde los soldados del Tzahal deben identificar correctamente a los pasajeros. Solo los limpios y los puros pueden ingresar en la ciudad construida por el rey David. Para hacer los 70 kilómetros que separan Amman de Jerusalén se tarda casi seis horas que sumadas al estrés y las incomodidades parece que hubiéramos realizado un viaje transoceánico.

 

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=227773

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