galería Decadencia

 

 

 

Enseñanza, política, periodismo. Tres superestructuras fundamentales que en la sociedad española resultan la­mentables…

En la mayor parte de los países occidentales la enseñanza está acabada y resuelta desde hace mucho tiempo, o si acaso en fase de perfeccionamiento. En España no. En Es­paña, la resistencia presentada a la laicidad constitucional por el todavía muy vivo espíritu de la religión mayoritaria con la intolerancia propia de lo dogmático a cuestas, hace débiles  por confusos los fundamentos necesarios para im­partir una educación cívica homogénea como la que luce la mayoría de los países de la vieja Europa. Pues una cosa es la enseñanza privada al gusto (en la que la educación está decantada) elegida por posibilidades económicas fami­liares o personales, y otra tener que participar por falta de recursos de una educación pública civil imprecisa o inexistente asociada a la enseñanza propiamente dicha; enseñanza en la que la educación es la que imparte cada hogar, si es que  la imparte, pues el papel del profesor por sí mismo no es educar; una educación que, en todo caso es vacilante y desvencijada por la desorientación de las autori­dades académicas que, curso tras curso, pugnan con las religiosas o con los valedores del espíritu religioso para decidirlo. Incluso la transversalidad interpretada como subjetivismo educativo aplicado del educador destila, por la propia naturaleza subjetiva, heterogeneidad. Con lo que la educación española acaba siendo sumamente desigual, a diferencia de países como Francia, por ejemplo, que sub­sume los valores cívicos y humanos en la simple y a la vez grande noción de “la República” no sólo  como concepto político sino también como modelo de convivencia… Lo que explica que tras cinco planes de enseñanza a lo largo de cuarenta años, nadie conozca bien en España y menos fuera de España, cuáles sean los rasgos principales de la educación básica del español medio. Y esto lo nota mucho el extranjero. Cualquiera que visite España por primera vez y sea observador se sentirá incapaz de distinguir el tipo de educación predominante o propio de este país: si la que todavía es resultado de retazos de autoritarismo ca­duco tallada a base de los absolutos,  si es el fruto de la permisividad extrema cuyo límite está sólo en el código pe­nal, o si es ninguna de las dos, esto es, la ineducación… Y en cuanto a la metodología de la enseñanza propia­mente dicha, parece claro que ha perdido el norte. Dudan sus mentores año tras año  cuál deba ser el objeto de su in­terés. No saben si ha de ser el trivium y el quatrivium me­dievales actualizados, u orientarla hacia el pragmatismo puro anglosajón aunque sea a costa del espíritu que sólo puede inspirarse, adquirirse y cultivarse a través de las Humanidades. Y es evidente que por el momento ha ga­nado éste, y probablemente por mucho tiempo. Pero éste es otro cantar…

Pero es que a la política, tan protagonista hoy día y no pre­cisamente por verse como oficio de prestigio, por un lado, y al periodismo, tan activo hasta no dar abasto, por otro, hay que tratarlos muy aparte.  Dos limbos que inva­den todo el espacio mental y psicológico de la población, frente a los que hemos de protegernos para no aturdirnos ni estragarnos… Lo que, con otra serie de concausas relacio­nadas con las nuevas tecnologías, supone el aban­dono paulatino del proverbial escaso interés desde siem­pre en España por las artes liberales, la elocuencia y la filo­sofía. Porque si la política, aparte de haber sido prosti­tuida por un ejército de más o menos ventajistas a lo largo de cuarenta años ocupa la atención prioritaria en parte por razón de un ayuno forzoso de la misma durante un pe­riodo anterior similar, el periodismo se ha erigido en azote suyo como otrora el clero lo fué para la conciencia de la gente. Y además con tics de corruptela, pues los dueños de los medios están más atentos en conjunto a lograr la sub­vención o a evitar perderla que al rigor informativo, a la neutralidad y a la deontología periodística. Y eso que el pe­riodismo español aprovecha hasta el detritus la política como alimento suculento de su tarea. Tanto intenta aprove­charla, que a menudo se inventa la noticia o la de­forma. Pues en la abundancia de la conducta escandalosa se hacen más tentadores la mentira, la tergiversación y el sensacionalismo… Parece haber estado Kapucinsky pen­sando especialmente en el periodismo españoltanto como en el estadounidense al decir que: “cuando se descubrió que la información era un negocio, dejó de tener importan­cia la verdad”. Desde luego la precariedad y la in­estabilidad en España, además de ocasionar el desem­pleo de promociones de periodistas acarrean con frecuen­cia comportamientos indeseables revestidos de legitimi­dad también en la carrera periodística.

El caso es que, entre una enseñanza y una educación defi­cientes; una política infecta de desvalijamientos, de im­posturas, de conspiración y de nepotismo; y un perio­dismo manifiestamente amarillista; envuelto todo ello por una ominosa injusticia social, la sociedad española parece caminar con paso firme hacia una Era sombría y turbia de grave involución cultural en la que prima la disonancia so­bre la armonía, la mentira sobre la verdad, la zafiedad so­bre la delicadeza, la noche sobre la aurora, lo orgiástico sobre lo apolíneo…

Total, que sin haber precedido nunca el esplendor, ni en la enseñanza ni en la muy corta experiencia política ni en el periodismo, si ajustamos el lienzo de estos tres fracasos al marco sociológico de una justicia parcial según quien sea el reo, una desigualdad social oprobiosa y un mundo del trabajo cercano al que tenían los siervos de la gleba, el cuadro resultante es el de una España de una vida pública caótica en una fase histórica de franca decadencia…

Jaime Richart, Antropólogo y jurista.

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